EN EL PARQUE NACIONAL DE ORDESA…NATURALEZA Y DIVERSIÓN.

Rodeados de un entorno como el nuestro con tantos lugares por recorrer y descubrir, a veces queda tiempo libre para poder realizar actividades de todo tipo, ya sean culturales, gastronómicas, relajantes o de multiaventura.

Ni que decir tiene que en los pueblos de los alrededores podrá disfrutar de una amplia gama de productos aragoneses que destacan por su calidad Denominación de Origen, como por elaboración con cuidado y esmero.

El Pirineo Aragonés, gracias a su diversidad, es un enclave perfecto para disfrutar de actividades deportivas diversas, en El Chate y Los Pinarillos  les ofrecemos las siguientes:

Vuestra estancia podéis completarla con cursos de equitación, o con paseos a caballo.

Desde El Chate y Los Pinarillos os gestionaremos la actividad y os facilitaremos el transporte si fuera necesario.

Paseos de Sarvisé: 

Se realiza por el circuito de Sarvisé, adentrándose en pequeños bosques y bordeando el cauce del río Ara. Tiempo aproximado de duración 1 hora.

Esta actividad consiste en descender en grupo por el cauce de ríos caudalosos subidos en una barca hinchable y guiados por un especialista que nos ayudará (no siempre se puede evitar) a sortear los rápidos, rebufos, remolinos y a no darnos un chapuzón involuntario. Descenso por aguas bravas en barca. Diversión, emoción y trabajo en equipo. Una embarcación neumática, el raft, y sobre ella un grupo dispuesto a disfrutar, son los elementos necesarios para pasar un buen rato de aventura. Las barcas de rafting descienden sobre las olas y entre los rápidos. Emoción, risas y adrenalina a tope en la actividad de aventura ideal para disfrutar con los tuyos. Tiempo aproximado de duración 1 hora.

Conoceremos un paisaje diferente, en el que agua durante miles de años ha destruido y creado en el interior de la tierra. Las cuevas más bellas de la zona y con varios niveles de dificultad: desde un bonito paseo por el interior de la tierra hasta cuevas en las que se requerirá uso de cuerdas y técnicas de ascenso y descenso por las mismas.

La actividad preferida por grupos escolares es la Cueva del Moro, en la que sólo hay que caminar (exceptuando algunos pasos un poco bajos de techo) combinada con un bonito y sencillo barranco como es el de “Viandico”,en las proximidades del Cañón de Añisclo, muy cerca del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Tiempo aproximado de duración 3 / 4 horas.

Actividad acuática o seca de iniciación para adultos, niños o familias. Actividad segura, divertida y atractiva en un entorno de gran belleza. Pequeños saltos y toboganes (nunca obligatorios) y rápeles de longitud hasta 15 metros, donde el guía nos asegurará siempre con una cuerda auxiliar de seguridad y evitar caídas inesperadas. Tiempo aproximado de duración 2 horas.

Se comienza dando nociones básicas del manejo de la embarcación, para después poner rumbo a la torre de Mediano, majestuoso monumento que revela la existencia de un pueblo bajo el agua. Posteriormente se recorre el barranco de Usía. Allí se desembarca para alcanzar el comienzo de este barranco y poder disfrutar de sus pozas y toboganes de agua templada. Tiempo de duración 5 / 6 horas.

El Chate cuenta con un rocódromo, cuya dificultad es de nivel 1, actividad divertida y fácil de realizar, siempre bajo la supervisión de monitores especializados. Tiempo aproximado de duración 1 hora.

Via Ferrata del Sorrosal:

Una vía ferrata es un itinerario equipado en una pared, tanto vertical como horizontalmente, con diverso material que nos facilita la progresión: clavijas, grapas, cadenas, escaleras, puentes colgantes, etc. Esto permite el ascenso con seguridad a zonas de difícil acceso para personas no habituadas a la escalada.

La seguridad contra una posible caída nos la da un cable de acero instalado a lo largo de todo el recorrido, al cual iremos asegurados al arnés mediante unos cabos de anclaje con disipador de energía y mosquetones especiales que nos aseguran en caso de caída. Esta vía ferrata remonta en su inicio dos espectaculares cascadas, de unos 80 metros de desnivel. A continuación se introduce en una pequeña cueva artificial hecha en la roca, para entrar en el barranco de Sorrosal, que iremos remontando junto al curso del agua.

Más tarde abandonaremos el barranco remontando otra pared y al finalizar llegaremos a la senda que une las localidades de Fragen y Broto, que tomaremos para descender caminando en unos 20 minutos a Broto.

Excursión al Parque Nacional de Ordesa:

Es preciso rendir pleitesía al valle de Ordesa, un espacio natural que ya alcanzó la prerrogativa de Parque Nacional en 1918. Un espacio de “esos Pirineos, capaces de dar a los santos del cielo, nostalgia de la Tierra (Russell)”. Valle abierto, espacioso, pintado en matices de verde según el tipo de su boscaje, como un regalo o un descenso para cualquier viajero que traiga arideces en los ojos. Testigo de innegable valor de la actividad erosiva, del modelado glaciar de los circos a la impronta fluvial. La naturaleza ha querido concentrar sus fuerzas y recursos en el cuadro vivo y total de su poder.

Un valle de estructura especial y aspectos geológicos singulares, relieve y forma características, determinadas por su naturaleza calcárea. Fortalezas poderosas, auténticos lienzos de muralla, circos en anfiteatro, acantilados enamorados de la posición vertical, estratos horizontales, colorista arenisca de Marboré, fajas en declive, abruptas paredes, proas y bloques, como centinelas, sus pieles rugosas, mal cinceladas por los siglos y la erosión. Orden y elegancia. Grandiosidad y paz.

El Tozal del Mallo, altar natural, austero y grandioso, sin ornamentos ni luminarias. No hay incienso ni rayos de luz. Sólo en lo alto la inmensa bóveda azul. Circos de Soaso, Carriata y Cotatuero mostrando su mordedura glaciar. Paredes de Mondarruego, Gallinero, Fraucata o Duáscaro, colosos multicolores, preñados de contrastes. Punta de Escuzana, Diazas, Tobacor, Mondicieto o Custodia, auténticos miradores de altura. Fajas del Mallo, Luenga, Pelay o de las Flores, mínimas cornisas a modo de rasguños en la dura epidermis del roquedo. Un sinfín de nombres evocadores para una arquitectura y decoración resultado de un patrón original.

En el fondo del valle, el silencio y la diversidad de la fronda vegetal. Pino silvestre de Andescastieto y Sopeliana, abetos de Cotatuero, bosque de las Hayas, pino negro en la Faja Pelay. Masa prieta, creadora de penumbra, riqueza ambiental importante, solícita acogedora de una fauna amplísima.

El río Arazas, como hilo conductor, desde el estruendo de sus cascadas, Cola de Caballo, del Estrecho, de la Cueva, Cotatuero, Arripas, Molinieto… el regalo de las Gradas de Soaso, hasta sus tramos de discurrir apacible, con agua transparente que refleja gleras y cantos. En contraste, el lapiaz inacabable de la Acuta, relieve cuarteado, o las uvalas o sumideros de Salarons, Aguas Tuertas o Millaris. Más allá de las consideraciones científicas, por encima de cualquier teoría o teorema, es nuestra sensibilidad la que permite aprehender y humanizar este inmenso y espectacular paisaje.

El valle se abre como escenario de una gran representación. Mosaico variopinto donde destacan las dimensiones del escenario y su calidad ambiental, densa en alicientes. El elemento más llamativo es el relieve. Pero a factor tan peculiar se unen el colorido, los materiales, la vegetación, los contrastes, las masas y las líneas. El paisaje se envuelve como en un celofán de aromas penetrantes, sonidos, luces y colores, en toda esa armonía natural que forman el ave y el sarrio, la roca y el rododendro, la nube y el río, el boj y la genciana. Más arriba del valle la naturaleza se desnuda. Roca, luz y silencio. Desiertos de piedra, y el sarrio como el rey de los espacios libres.

Volveremos a menudo a sorprendernos, pese a los numerosos reencuentros, frente a las esculturas de las murallas de Ordesa, auténticos bastiones de un mundo geológico, en silencioso mensaje de dominio y protección sobre el valle. Y frente al Tozal del Mallo, la elegancia del símbolo. Ellos presidirán nuestro sueño. El sueño de volver, la ilusión de no marchar.

• Ascenso a Monte Perdido:

Monte Perdido, norte, mojón y señal. Centro orográfico y catalizador de éste inmenso territorio fracturado. Originalidad téctonica, cúspide de piedra, mirador de alturas, padre de hielos, alimento de ríos, centro de belleza. Mundo geológico de las grandes alturas, bello en su desnudez, singular en sus formas, espectacular en su morfología, brillante y original en sus colores. “La más alta montaña calcárea de Europa” y uno de los puntos más característicos de modelado calizo del Pirineo. Se ha dicho (Ruskin), que “las montañas son el comienzo y el fin de todos los paisajes”. Nada más cierto en el macizo de Monte Perdido; sus plegamientos, sus fracturas radiales, sus hielos, aguas y nieves han tenido mucho que decir en la configuración y aspecto actual de su entorno.

Y en su cara Norte, el glaciar suspendido, como acorde excepcional de su sinfonía. Aún cuando la altitud es pródiga en convergencias, múltiples factores confluyen en su cuna y latido universal. Las abruptas paredes septentrionales del macizo, su orientación, altitud, insolación y posición topográfica ha establecido las circunstancias y condiciones necesarias para su formación y regresión. El glaciar es un cuerpo mineral en evolución y la causa de sus pulsaciones es de origen climático. Cuatro aparatos glaciares más desarrollados y otras formas menores. Fragmentados y aislados en escalones de pronunciada pendiente. Acumulaciones morrénicas al pie del glaciar. El hielo se presenta agrietado, manchado, retorcido por la tempestad y el declive del suelo. La masa de hielo no avanza, se desploma. No puede progresar sin fragmentarse, lanzando al vacío, con sordo rumor, enormes bloques que se estrellan con estrépito. Largo tiempo después, los ecos repiten la trágica canción del glaciar. “La mas bella masa de hielo de los Pirineos y, con mucho, la más pintoresca” (Schrader).

Cimas señeras de las Tres Sorores; Monte Perdido, Cilindro y Ramond. Las cumbres del circo, Marboré, Torre, Cascoy Taillón, todas por encima de los tres mil metros, muralla fronteriza natural asomada al abismo, verdaderos bastiones defensivos. Estratos al descubierto del Descargador, “rallas” u “olas” en la Punta de las Olas, la curiosidad de la Torre de Góriz, pliegues en cadena en el Cilindro o Góriz. Todo un muestrario singular para conocer y sentir.

La sorpresa de los dos ibones, como regalo de altura. Se les sigue llamando “helados” en recuerdo a tiempos mejores. Muestra delicada de un paisaje característico de toda la montaña pirenaica. Espejos de agua, donde en su altura y soledad eterna se reflejan incomparables decorados.

La Brecha de Roldán, mojón clave de la cresta fronteriza. Puerta abierta del Pirineo, con vertientes pero sin fronteras. Lugar de contrastes, donde rompen los vientos, cambian los paisajes, y nubes y sol juegan a definir territorios.

Vallonadas circulares y pantanosas, fondo de saco y valles muertos. Llanos kársticos de Millaris, Salarons o San Fertús, auténticos caos y laberinto de piedra. Enormes y extensas superficies de lapiaz, de ásperas superficies y suelos fisurados, ejemplo de la erosión superficial de la caliza. La sorpresa de alguna flor de nieve jugando al escondite con la piedra.

Y la gruta de Casteret y el conjunto de cuevas heladas de Marboré. Incunable que atesora y adorna la joya de su hielo residual y fósil, actualmente cerrada con valla por actos vandálicos. Fantástica barroca de las formas heladas, universo de esteta, al margen de las palabras y el lenguaje. “Autentica catedral natural, hundida en las entrañas de la Tierra” (Casteret). Hoy son 35 las conocidas con una superficie helada que supera los dos kilómetros.

• Excursión al Valle de Bujaruelo:

Original en su orientación SE., sigue el camino de las aguas y los vientos, el temido cierzo, frío secante. Allá, en su origen, nombres evocadores y sinfín de montañas que hace de coro al gran solista, de acólitos al gigante Viñamala -Vignemale-. Montaña altiva, con incrustaciones de blanco, allí donde las nieves ponen su certificado de altura. Y unas pequeñas manchas de glaciar, hielo permanente, como sello de calidad. O denominación de origen.

Varios torrentes juegan en su cabecera a dar nacimiento al río Ara. Altas montañas funden su nieve, para alimentar su pubertad. Apreciables desniveles le dan impulso, fuerza y caudal para estirarse valle abajo. En la altura, los mínimos ibones (Lapazosa, Bernatuara, Año, Batanes, Buitres) mas numerosos que en todo el resto del Parque Nacional. Toda la cabecera del valle tiene prestancia, gran circo de montañas, muy cerrado, con los puertos y collados muy altos y aspecto imponente.

El valle, abierto y espacioso, donde festonean enormes laderas, pintadas de verdes praderas. Una belleza suave y serena, conferida por el color de la hierba, cambiante de tonalidad al paso de las nubes, el soplo de la brisa, el sesgo de los rayos solares. Prados, alguna garganta, el agua sirviendo de guía.

Ordiso. Se llega al piso montano. Arboles y fronda, en contraste con la tasca. El río se ha hecho grande, blanco de espumas y protesta, con sordo rumor, cuando la roca lo ahila en estrecho desfiladero.

El paisaje se abre. Al Sur, el valle y el circo de Otal, un regalo para los ojos, de estructura casi perfecta. Una gran sensación de paz. Marmotas. Algún sarrio y espeleólogos. Toda la montaña horadada, pozos y galerías sin cuento, tras la huella del trabajo del agua subterránea. Una travesía de casi 1200 metros de desnivel, con la mayor integral del mundo. Nuevas bellezas a inventariar entre múltiples recursos del Parque.

Al Norte, el camino del Puerto de Bujaruelo. Vía de comunicación, larga y antigua tradición de paso, intercambios e influencias. También polo estacional para el ganado, en función de pactos y rituales de siglos. Los rebaños han batido durante los años los caminos del valle.

San Nicolás de Bujaruelo, lugar pintoresco y grato, con solera de hospital de peregrinos y pastores, pequeña iglesia románica de la época de los templarios, parcialmente derruida y puente también románico de un sólo arco sobre las cristalinas aguas del Ara. Base de operaciones hacia trochas, pastos o cumbres. Gran decorado, cerrazón de montañas con mínimas aberturas. Adelantado del paisaje humanizado como organización del espacio. La vegetación acoge notables masas forestales, con el tejo como singularidad y las pendientes como frontón. Las miradas escalan los escarpados paredones de Gabietos y Gatera.

El río ha tomado fuerza para buscar su salida entre las verticales paredes. Una garganta, agreste y particular, con el agua cerca, verde en las pozas, blanca en los saltos, retorciéndose y haciendo quiebros para eludir obstáculos. La nota original del salto de Carpin. El valle hace honor a su nombre y se adorna de bojes. El río labra y vence la pétrea arquitectura del cañón y se presenta ante el valle, fuerte y caudaloso. Recibe al rió Arazas y, ya en la mayoría de edad, prosigue su viaje en busca del padre Cinca.

• Excursión al Cañón de Añisclo:

Cañón de Añisclo, que taladró en la roca de las montañas, como a escopio y cincel, el violento rio Bellós. Más que valle, hendidura entre montañas, callejón angosto por donde busca su salida el río, en desigual e impresionante competencia con las murallas rocosas que le cierran el paso. Inmensa grieta, surco zizzagueante trazado más allá de los tiempos, rincón laberíntico de roca, bosque y agua.

Desde su amplia cabecera, desnuda de vegetación, por encima de los dos mil metros de altura, el río Bellós se precipita, en un apreciable nivel y rápido descenso, para embestir con fuerza las masas calcáreas. Nacido de las surgencias del macizo de las Tres Sorores, sobre sus veinte kilómetros de recorrido ha labrado su majestuoso e incomparable cañón, de orientación Norte/Sudeste, en un lucha secular y titánica.

Su formación es el resultado de un sistema de fracturas radiales que parten del vértice de Monte Perdido. Sus quebraduras, sus superficies planas cortadas limpiamente en sus bordes y acantilados, sus ángulos vivos, testimonian la juventud de su estructura. Lapiaces, sumideros, cuevas y surgencias compendian el curioso mundo del subsuelo.

El Desfiladero de las Cambras introduce en el escenario y adelanta la calidad ambiental del espectáculo. Una estrecha cornisa, con el río encajado entre sombríos paredones. Puente de San Urbez, colocado en la estricta vertical del precipicio, sobre dos inverosímiles estribos. La Cueva de Aso, solitaria, junto al antiguo molino. Los paredones de Sestrales y Mondotó hace de pórtico monumental al valle. Hasta la surgencia de la Fon Blanca y su circo glaciar terminal, un largo encantamiento de varias horas de marcha.

Arriba la vertical de las paredes. Fajas, donde el pino negro, en total anarquía, hace equilibrios, desprecia las leyes de la naturales y rinde su continua y terrible combate con la piedra y el clima. En medio el bosque, denso y arracimado, que invade cornisas y abandona, a su pesar, la roca a su verticalidad. Abajo el núcleo de frondosas, diverso y singular. Las aguas, oscuras o verdes al compás de la luz, sirviendo de espejo al bosque, estirándose en la pendiente. Silencio de templo. Luz tamizada y las paredes rocosas cercanas. La Ripareta, islote de verdor, propicio al descanso. El desfiladero se reduce a una simple grieta, los Estrechos. Más arriba, el paisaje se ensancha. Lugar apacible. El barranco y la cascada de la Fon Blanca. Grandes verticales. El cañón se convierte en una cuenca glaciar que asciende hacia la gran “U” del Collado de Añisclo.

Desde lo alto, la impresión es extraña y subyugante. Una intensa fracturación cizalla las enormes masas. Una inmensa grieta, tallada en medio de horizontales y suaves pastos. A cada quiebro de la inmensa herida, el espectáculo inigualable del cortado del cañón, la belleza del gran bosque en su conjunto y en cada uno de sus detalles y matices. “Podría servir de templo para el Romanticismo”, se ha dicho. Es demasiado salvaje, impensado y paradójico para asociarlo a cualquier disciplina.

Las Tres Sorores como trinidad dominadora. Las Tres Marías haciendo de calco e imitación. En lo alto de Añisclo, un doble reborde y buenas zonas de pastos que recogen en las estivas a pastores y ganado. El altiplano superior está formado por compactas y potentes masas serranas, de discreto desarrollo vertical. Un paisaje grato, bucólico, de suaves laderas y relieves, tan alejado del corte o desgarrón de la garganta que hace pensar en un simple y maravilloso sueño.

• Excursión a San Juan de la Peña:

En pleno Pirineo Aragonés se encuentra el espectacular espacio del Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel, y entre sus elementos más sobresalientes descuella el Monasterio Viejo de San Juan de la Peña, joya de la época medieval. Las edificaciones conservadas, tan sólo una parte de las que existieron, son excelentes testimonios de las sucesivas formas artísticas en las diversas épocas en que este singular centro tuvo vida. Destacan especialmente los siglos del románico (XI al XIII) con notabilísimas muestras de arquitectura, pintura y sobre todo de la escultura. El conjunto histórico-artístico de San Juan de la Peña se completa con el Monasterio Nuevo, del siglo XVII, y con las iglesias de San Caprasio y de Santa María en la cercana localidad de Santa Cruz de la Serós, ambas también del periodo románico. Cubierto por la enorme roca que le da nombre, el conjunto, que abarca una amplia cronología que se inicia en el siglo X, aparece perfectamente mimetizado con su excepcional entorno natural. En su interior destacan la iglesia prerrománica, las pinturas de San Cosme y San Damián, del siglo XII, el denominado Panteón de Nobles, la iglesia superior, consagrada en 1094, y la capilla gótica de San Victorián, pero sobre todo sobresale el magnífico claustro románico, obra de dos talleres diferentes. A todo ello hay que sumar otros edificios posteriores a los siglos medievales, entre los que cabe señalar el Panteón Real, de estilo neoclásico, erigido en el último tercio del siglo XVIII.

Los auténticos orígenes del monasterio se pierden en la oscuridad de los tiempos altomedievales y se le ha supuesto refugio de eremitas, aunque los datos históricos nos conducen a la fundación de un pequeño centro monástico dedicado a San Juan Bautista en el siglo X, del que sobreviven algunos elementos. Arruinado a fines de dicha centuria, fue refundado bajo el nombre de San Juan de la Peña por Sancho el Mayor de Navarra en el primer tercio del siglo XI. Fue este monarca quien introdujo en él la regla de San Benito, norma fundamental en la Europa medieval. A lo largo de dicho siglo, el centro se amplió con nuevas construcciones al convertirse en panteón de reyes y monasterio predilecto de la incipiente monarquía aragonesa que lo dotó con numerosos bienes.

Considerado por la tradición como la cuna del Reino de Aragón, fue parada habitual del Camino de Santiago y lugar de leyendas, y entre ellas destaca la que vincula este lugar con el Santo Grial.

Una fecha significativa fue la del 22 de marzo de 1071, cuando el Monasterio de San Juan de la Peña fue el escenario de la introducción, por primera vez en la Península Ibérica, del rito litúrgico romano, seguido en toda la Iglesia de Occidente, que ponía fin al antiguo rito hispano-visigótico y suponía la acomodación definitiva de la iglesia aragonesa a las pautas marcadas por el Pontificado.

Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XII se inició una cierta decadencia que se acentuó en el periodo siguiente, y aún más a partir del siglo XIV. Fueron las características de esta época el final de las donaciones, las pérdidas patrimoniales, los múltiples pleitos ante numerosas instancias, y especialmente con los obispados donde estaban ubicadas sus propiedades (Jaca-Huesca, Pamplona y Zaragoza), las deudas, el deterioro de las construcciones por su peculiar ubicación y diversos incendios que resultaron devastadores. Con el último de ellos, en 1675, que duró tres días, se perdió la habitabilidad necesaria para la vida monacal, por lo que se planificó la edificación del Monasterio Nuevo.

Organizamos aulas de naturaleza y visitas didácticas para escolares tanto de primaria, secundaria o bachiller, en el entorno del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

Podemos encargarnos de la gestión del programa y del transporte de los grupos.

Nuestro equipo de monitores lo integran educadores ambientales, biólogos y guías de montaña con un marcado perfil didáctico.

En todas las actividades propuestas en el aula de naturaleza se persigue un único objetivo, poner en valor la importancia de la conservación de la biodiversidad.

En invierno las cercanías de El Chate y Los Pinarillos son verdaderos paraísos para practicar con raquetas de nieve. Experiencias inolvidables, adaptadas a sus circunstancias personales y nivel. Estas salidas proporcionan momentos, paisajes y sensaciones que difícilmente se olvidan…